
NotasNaturaleza
El río del manatí
En el Tatuamunha, el animal más manso de la costa volvió a tener río.
Al norte de São Miguel dos Milagres, ya en Porto de Pedras, el río Tatuamunha llega al mar entre manglares. Es un río de agua calma, y tiene un habitante que casi desapareció de la costa brasileña: el manatí antillano.
El manatí, que en portugués se llama "pez-buey", no es pez. Es un mamífero grande, lento, que come plantas y respira aire. Sube a la superficie, toma aliento, se hunde de nuevo. No tiene prisa ni defensa. Esa mansedumbre casi acabó con él: durante siglos se cazó al animal a lo largo de la costa, y no sabía huir.
En Brasil la especie está clasificada como en peligro. El trabajo de traerla de vuelta es paciente: los animales rehabilitados se devuelven a la naturaleza, uno por uno. Porto de Pedras es la base donde el ICMBio realiza esa devolución.
Con eso, el río volvió a tener manatíes, y el pueblo pasó a vivir con ellos de otro modo. El animal que se cazaba se volvió el animal que se cuida. Es un cambio que cabe en una generación, y que se ve en el muelle.

La visita la conduce la Associação Peixe-Boi, creada en 2009. Se va en embarcación sin motor, con guía del lugar, a una hora acordada. Las reglas sirven al animal, no al visitante. Se guardan la distancia y el silencio. Se mira de lejos, y de lejos ya es mucho.
Sin motor, el río es otro. Se oye el remo, el manglar, la respiración del animal al subir. Quien esperaba un espectáculo encuentra una lección de escala: un animal enorme, quieto, que aparece cuando quiere y se va sin aviso.
Hay algo de justo en que haya que acordar hora para ver un manatí. Durante mucho tiempo, el hombre llegó a él cuando quiso. Ahora espera su turno, al ritmo del río. Es un buen modelo de cómo se entra a un lugar que ya tenía dueño.
El hombre llegó a él cuando quiso. Ahora espera su turno.


El Tatuamunha queda dentro del Área de Protección Ambiental Costa dos Corais, la misma que resguarda los arrecifes de Milagres. Arrecife, manglar y río son partes de una sola cosa. Quien cuida uno termina cuidando los otros, y quien visita uno debería conocer los tres.
El camino hasta allí ya enseña. Se sale de la playa abierta, de agua clara y horizonte ancho, y se entra a un río angosto, de agua oscura y orilla cerrada de manglar. La luz cambia, el sonido cambia. En pocos minutos se está en otro mundo, y es en ese otro mundo donde el animal eligió quedarse.
Quien vuelve a Milagres año tras año termina volviendo al río. No por el animal que vio, sino para saber si sigue allí. Sigue. Es de las pocas buenas noticias que se pueden comprobar en persona.
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